
Flotando en la ingravidez me encuentro, en mis pupilas se refleja la luz de la eternidad. Absorto no puedo dejar de observar el maravilloso espectáculo que ante mí se cierne, luces y colores en la oscuridad, paz y armonía en el firmamento. Mis pensamientos, alimentados por mis sueños y mis esperanzas, desbordan mis emociones al contemplar su belleza.
Ya sólo me queda pensar en lo que la vida fue y soñar en cómo esta algún día logrará renacer.
De repente, un escalofrío me estremece, recobro la conciencia y fijo mi atención en la consola de mando, establezco los parámetros de la trayectoria de navegación y los vectores de la nueva órbita, tomo los mandos y enciendo los motores sin dilación, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero... ¡rumbo a Marte!.
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